Sábado, 19 Mayo 2012
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Albert Einstein dijo que el crecimiento intelectual debe comenzar con el nacimiento y finalizar con la muerte. Puede decirse que Eliahu Toker (1934-2010) obedeció la fórmula al pie de la letra. Fue un verdadero intelectual toda su vida y no dejó de serlo hasta el último suspiro.

Amaba los libros con una pasión inusual. Gozaba hablando de títulos, ediciones y autores. Es probable que haya sido uno de los escritores argentinos con mayor autoridad en materia de literatura idish y hebrea. Me honró con su amistad, su confianza y su entusiasmo.

En su condición de asesor editorial, Eliahu le imprimió a la Biblioteca Digital de la Fundación Wallenberg un ritmo vertiginoso que permitió sumar numerosos títulos en muy pocos meses.

Entre los logros de su valioso aporte se pueden mencionar "El resplandor de la palabra judía", "Iluminaciones de los Salmos", "Cantar de los cantares", "Pirkei Avot", "Génesis", de Máximo Yagupsky y muchas otras obras que serán presentadas en los próximos meses.

 
Una crónica de la trayectoria interconfesional de la institución en sus últimos diez años de tarea ininterrumpida
 

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Recordando a Raoul Imprimir Correo electrónico
Domingo 31 de Octubre de 2010 07:35
Gabor Forgacs
La última vez que Gabor Forgacs vio a Raoul Wallenberg fue el 6 de enero de 1945 en el número 6 de la calle Harmincad, en el centro de Budapest. Wallenberg era un diplomático sueco, descendiente de una poderosa familia de banqueros, que salvó las vidas de miles de judíos húngaro durante la guerra emitiendo documentos suecos y poniéndolos bajo la protección de Suecia, así como interviniendo en lugares de deportación y ejecución. Durante la guerra la representación diplomática sueca alquilaba el tercer piso de este edificio al Banco Hazai. Wallenberg convirtió a esa oficina en un refugio para los judíos y una base de operaciones para su operación de rescate. El señor Forgacs, por entonces un adolescente, trabajaba como mensajero de los suecos y se convirtió en un mensajero de Wallenberg.

Hoy, el imponente edificio de piedra en la calle Harmincad es la sede de la embajada británica. Esta mañana en Budapest una placa que recuerda a Wallenberg fue descubierta adherida a la pared del edificio. El 15 de octubre es un día propicio: en la misma fecha, pero en 1944, el partido de la Cruz Flechada tomó el poder en Hungría luego de un golpe de estado en el cual participaron las SS. Wallenberg nunca se consideró un héroe, dijo el señor Forgacs. Aquellos eran tiempos terribles: la Cruz Flechada asolaban la ciudad sitiada, matando judíos, hombres, mujeres y niños. Los rusos avanzaban bombardeando la ciudad con cañones y morteros. Teddy Jobbagy, el chofer de Wallenberg, murió luego de haber sido alcanzado por metralla. Sin embargo, Wallenberg continuaba trabajando todos los días y, más aún, hasta mantenía en orden la contabilidad.

Wallenberg pudo no considerarse un héroe, pero de hecho lo fue. La conmovedora ceremonia ayudó a preservar el recuerdo de su coraje y la valentía de sus asistentes. Hoy, muy en especial. En Hungría, como en muchas otras partes de Europa, la intolerancia, el racismo y la xenofobia están en franco crecimiento. El partido Jobbik, de extrema derecha, que no simpatiza ni con los judíos, ni con los gitanos, obtuvo el 16,7 % en las elecciones parlamentarias de abril. La embajada británica, como otras numerosas delegaciones, ha adoptado una posición firme contra el racismo y el año pasado ayudó a lanzar la campaña ZARE (Música Contra el Racismo).

Wallenberg fue capturado por los rusos el 17 de enero de 1945 en Budapest y pronto desapareció en las fauces del gulag. Su destino es un misterio. El número 6 de la calle Harmincad, en Budapest, es uno de los lugares en donde viven su memoria y su legado.

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